Puente Alto no parece, a primera vista, el lugar donde nacerían vinos de clase mundial. Está en el borde sur de Santiago, rodeado de urbanización. Pero debajo de esa geografía prosaica hay algo único: suelos de río antiguo, gravas profundas con depósitos aluviales del Maipo, que obligan a las raíces de la vid a descender varios metros en busca de agua y minerales.
Ese estrés hídrico controlado, combinado con el calor diurno y las noches frías que traen los Andes, genera racimos pequeños y concentrados, con taninos firmes y acidez natural alta. Es exactamente el perfil que un Cabernet Sauvignon necesita para envejecer durante décadas.